Legionarios romanos. (Historia en primera persona) Paula Renedo.

Legionarios romanos.


"Yo, Marco, legionario romano"

Me llamo Marco Flavio y soy legionario del imperio Romano. No nací soldado. Era hijo de un panadero a las afueras de Roma. Pero siempre soñé con ver el mundo que se escondía más allá de mi pequeña casita. Cuando cumplí 17 años, me presenté voluntario para alistarme en el ejército. Quería convertirme en algo más que el "hijo de panadero". Quería ser legionario.

El entrenamiento fue durísimo. Durante semanas, nos enseñaron a marchar en fila, a levantar el escudo al ritmo del tambor y a lanzar el pilum, nuestra lanza, con tanta fuerza que podía atravesar el escudo del enemigo. Dormíamos poco, comíamos poco, y teníamos que cargar con equipos pesados. Al principio pensé que no lo lograría, pero cada día me sentía más fuerte. Más romano.

Pronto me asignaron a una Legión (las legiones era cómo unidades militares). Teníamos nuestro propio símbolo y estandarte; aquel estandarte era sagrado, perderlo era una deshonra. Juramos ante los Dioses lealtad eterna al emperador y a Roma. Juramos obediencia. Nos convertimos en armas.

Mi primera misión consistió en detener a los rebeldes que amenazaban el poder de Roma. Caminábamos durante semanas por desiertos y montañas. Cuando acampábamos, cada

legionario tenía una tarea: unos levantaban las tiendas, otros se aseguraban de que el lugar fuera seguro,  y yo ponía trampas para el enemigo. Un camapmento se construía en pocas horas y era tan seguro como una pequeña ciudad.

En batalla luchábamos como una máquina. Ibamos en formación cerrada, protegidos por nuestros grandes escudos rectangulares. Cuando el enemigo nos lanzaba flechas, formábamos la famosa testudo, una especie de caparazón de tortuga hecha con escudos. 

 Bajo ella avanzábamos como uno bloque imparable. Y cuando llegaba el momento, lanzábamos el pilum y corríamos al grito de "¡Roma!", espada corta en mano.

Vi cosas terribles. Compañeros caer. Ciudades arder. Pero también vi el respeto que inspirábamos. Donde llegaba Roma, llegaban las carreteras, los baños, los mercados, las leyes. Las legiones no solo conquistaban: también construían.

Con el paso de los años, fui ascendiendo. Pasé de ser un joven recluta a centurión. Siempre encontraba la forma de sorprender al enemigo, de ahí que me empezaran a apodar halcón. Luchamos en Africa, en Germania (Alemania), en Britania (Gran Bretaña) y en incontables lugares. Caminé por desiertos, nadé por ríos helados, dormí bajo tormentas de nieve. Todo por Roma.

Ahora tengo 45 años. Ya no marcho con la legión, pero conservo mi gladius (un tipo de espada), colgado en la pared. Y cada vez que lo miro, recuerdo que una vez, hace muchos años, yo fui parte de algo inmenso. Yo fui legionario. Yo fui Roma


Tanto la historia como el personaje con inventados. Son una forma de entender mejor como eran los soldados romanos y porque Roma tenía un imperio tan poderoso. Espero que os haya gustado:
Paula Renedo.

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